DESTRUYE TU CONFORT

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El helicóptero tomó tierra en medio de un ruido estridente. Alguien te empujó y te puso una bolsa entre las manos, y antes de que te diera tiempo a reaccionar el helicóptero se alzaba de nuevo y se perdía de vista entre ráfagas de aire. Ahora estabas solo en medio de la isla.
El claro donde estabas se rodeaba de árboles altos y densos y un pequeño riachuelo corría en uno de sus flancos. La bolsa tenía algunas herramientas de supervivencia básicas. Pronto organizaste un refugio hecho de ramas y troncos caídos y en apenas unos días, conseguiste todo lo necesario para tu subsistencia. La alimentación provenía de frutos y bayas recogidos de los árboles y arbustos de los alrededores, tenías el agua del riachuelo que te ofrecía también algunos peces, y de vez en cuando podías cazar algún ave o animal pequeño para comer. La vida empezaba a ser llevadera.
Pero el perímetro del bosque te incomodaba: por un lado te daba seguridad, una especie de muro protector, pero también te hacías preguntas. ¿Qué habría allí detrás? ¿Sería peligroso? ¿Y si me perdiera? Lo veías denso y tan oscuro. Quizá otro día, pensabas.
Ese día llegó. Un poco por casualidad y otro poco al dejarte llevar detrás de una liebre que se refugió detrás de uno de aquellos árboles. Diste un salto, un pequeño paso. ¿Por qué no? Y allí estabas detrás de la línea que te habías marcado como límite de tu seguridad. Después de ese paso diste otro. ¡Vaya! Los árboles no son tal altos, ni tan densos, incluso pasa algo de luz. Eso te animó a adentrarte un poco más en el bosque, siempre con un ojo en el claro para no perderte. Apenas unos metros más allá surgió algo que no esperabas: ¡Otro claro!
En dos semanas los dos claros del bosque estaban unidos por un cómodo sendero de tanto ir y venir y tus dominios se habían duplicado. Más espacio para recolectar, pescar, cazar. Había nuevas especies de árboles e incluso un terreno estupendo para cultivar. No podías estar más feliz y tomaste un tiempo para disfrutar de lo que habías conseguido.
Sabías que la siguiente pregunta era inevitable, pero dejaste que surgiera cuando te sintieras de nuevo preparado: ¿Habrá más claros en el bosque?
Siempre era igual: el primer paso de cada nueva incursión te atenazaba el estómago por unos segundos. Pero una vez en marcha era como si una mano invisible tirar de ti hacia adelante. El placer de la curiosidad, el goce de descubrir nuevos caminos, nuevos objetos, nuevas experiencias. Tu mirada iluminaba zonas de aquella isla que pasaban a ser parte de ti, de tu territorio. Ahora podías elegir el mejor lugar donde dormir, donde cazar, donde cultivar…
Pasaba el tiempo. Con frecuencia volvías a aquel primer claro donde ya apenas posabas tiempo y te sentabas a recordar. ¿Te acuerdas? Aquí empezó todo. Las cosas que pensaba entonces. Si hubiera sabido antes… Y esbozabas una sonrisa cómplice a aquel hombre que llegó asustado por primera vez a la isla. Eras el mismo, pero ya no eras el mismo.
Un año, dos, tres. Habías visto cosas que no pensabas. Caer la nieve durante días, alcanzar la costa y ver como una ballena inmensa varaba en la arena, animales salvajes que no imaginabas, un incendio que hizo fundir rocas… Pero nada era comparable al día en que adentrándote más allá de lo que habías hecho nunca, viste una fina columna de humo saliendo de un valle. Y cómo al acercarte salió ella y te dijo. ¡Hola! ¿Quién eres? ¿Quieres venir al pueblo conmigo?
Y la isla ya no era una isla pequeña y remota sino que era grande y estaba llena de gentes y de pueblos enteros que hablaban otros idiomas y tenían otras culturas. Y los recorriste todos hasta saciar tu curiosidad y encontrar aquel en el que asentarte y quedarte con ella. Y tuviste hijos que crecieron contigo y escuchaban con los ojos abiertos cómo su padre había llegado hacía muchos años a la isla y cómo había dado el primer paso dentro del bosque detrás de una liebre. Su padre había conocido la isla y ahora también era de ellos.
Un día en la playa viste cómo tus hijos, ya mayores, junto a otros chicos, cortaban algunos troncos. ¿Qué hacéis? preguntaste. Pero tú ya sabías la respuesta. Porque para ellos ese mar infinito que rodeaba la isla era algo que parecía insondable, como hacía muchos años un bosque te lo había parecido a ti. Porque a veces llegaban objetos arrastrados por la marea que no existían en la isla, porque por las noches sus hijos soñaban en volar sobre aquel mar, porque habían escuchado las historias de su padre… ¿Qué hacéis? preguntaste. Construimos un barco, te dijeron. Y con una sonrisa en los labios te uniste a ellos para ayudarles.

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